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La influencia de Disney y sus estereotipos
Interesante artículo sobre los estereotipos que promueve Disney entre sus millones de espectadores, y algunos efectos que tienen.
Si te enfadas, ya tienes dos problemas
Cuando una situación nos parece problemática y nos enfadamos, nos preocupamos o nos sentimos mal de alguna forma, estamos gastando la energía que necesitamos precisamente para resolver esa situación problemática.
Un problema no es algo malo, es una oportunidad de aprender, de mejorar algo que a su vez provocará mejoras en su propio contexto. Además, nos da la oportunidad de poner a prueba nuestra capacidad de resolución, es decir, todos los conocimientos y habilidades que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida. Un problema debería causar alegría, como si nos eligieran para participar en un concurso importantísimo.
En cambio, si dejamos que la contrariedad que nos produce el problema se apodere de nuestras sensaciones, pensamientos y capacidades, tendremos que resolver eso a la vez que tratamos de resolver el problema, lo que añade muchísima dificultad a la tarea. Es como escayolarse voluntariamente una pierna para escalar el Everest.
A veces no somos capaces de superar la contrariedad que nos producen los problemas. En esos casos, conviene primero diferenciar bien cuál es el problema y cuáles son nuestros sentimientos de contrariedad. Después, averiguar qué solución requiere cada cosa y tratarlas por separado en vez de como si fuese todo lo mismo.
¿Quién decide lo que está bien y lo que está mal?
Queremos
hij@s independientes pero vivimos señalándoles cuál es el camino
correcto. Para aprender, tenemos que probar las cosas, incluso l@s
adult@s. Por mucho que nos adviertan de los peligros, a veces no nos
bajamos del burro hasta que lo hemos experimentado en nuestras
carnes. Y eso de mayores. A l@s niñ@s les pasa todavía con más
intesidad. Parece que esperamos que, por haber dicho las cosas (mil
veces), ya lo tienen que saber hacer. Y seguramente lo saben. Si
solamente se pueden guiar por nuestras expertas voces, les matamos el
sentido de “qué pasará si...”, tan esencial para la gente
curiosa, proactiva y flexible que vamos a necesitar el día de
mañana.
Nuestra
misión como madres consiste en explicarles teóricamente lo que está
bien y lo que está mal pero, sobre todo, por qué consideramos bueno
lo uno y malo lo otro. Ver si están de acuerdo, lo que opinan, y lo
que pretenden hacer cuando se den esas hipotéticas situaciones. En
cambio, cuando nuestr@ hij@ hace algo, conviene confiar en lo que ya
le hemos dicho, no volver a decírselo “en caliente”, y ver lo
que opina y lo que propone al respecto. Para que sean independientes
debemos dejar que valoren sus actos y que reaccionen como crean
oportuno. Es decir, dejar que actúe y que saque sus propias
conclusiones. Para la madre, es un papel mucho más relajado que el
de estar todo el rato diciendo lo mismo pero cada vez con un grado
más de histerismo.
En cuanto a
l@s bebés, se recomienda dejarles hacer sin distraerl@s, velando en
todo momento por su seguridad. Cuando parece que no están haciendo
nada, en realidad están examinando todo tipo de sensaciones
provenientes del entorno y de su interior. Más aún cuando sí están
haciendo algo. Pero, por lo general, desde el enfoque adulto, parecen
cosas sin importancia y nos tomamos la libertad de interrumpirles a
nuestro antojo.
Ejemplos
de situaciones que no favorecen la independencia en niñ@s un poco
mayores: la madre no está dispuesta de ninguna manera a que su
criatura salga a la calle con esas pintas; la madre dice que los
deberes han quedado muy sucios y que así no se pueden presentar; la
madre hace lo que iba a hacer el niño porque el niño lo iba a hacer
mal; la madre abriga o desabriga a su retoño según ella sienta frío
o calor; la madre establece la cantidad de comida que debe comer la
criatura...
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