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Operación bikini


Por estas latitudes ya empieza el tiempo de playa y piscina y, ¡horror! ¿Pero qué es esto, pero cómo es posible? Pero si yo... Madre mía, ¡y ahora qué hago! Y, claro, operación bikini al canto. Que si dieta, ejercicio, me apunto al gimnasio, hago unos ejercicios que he visto en internet, etc. Tarde, es demasiado tarde y lo sabes.

A estas alturas, la humanidad ya sabe que no es cuestión de pasar hambre y machacarse durante tres semanas, sino que un cuerpo sano (atractivo) es el resultado de un estilo de vida sano. La operación bikini es como estudiar para el examen sólo la noche antes. ¿Pero quién nos evalúa los michelines? ¿Acaso va a venir alguien (aparte de algún niño o algún borracho) a palparte las carnes y decirte que hay que ver qué cosa más blanda y que ahora entiende el significado de la palabra mórbido? ¿O se trata más bien de un sentimiento que nos entra al tener que mostrar un poco de carne en público?

En Mimaamamaa te recomendamos que no te desanimes. Si quieres tener aspecto de llevar una vida sana pero todavía no la llevas, para empezar, ya eres consciente de eso. Se trata de ir adquiriendo hábitos saludables de forma progresiva (no de golpe en tres semanas). Leer los ingredientes que contienen los alimentos que compramos y evitar los que sean menos naturales, hacer andando trayectos que sueles hacer en coche o en ascensor, o evitar recurrir a la comida basura y/o al sedentarismo como forma de evadirte de los problemas son ejemplos de maneras de empezar a llevar una vida sana. Una vez que empiezas, ya estás en el  camino.

Así, cuando te tengas que poner el traje de baño, en vez de intimidarte por no haberte machacado en el gimnasio, puedes mostrar con orgullo unas carnes que están en camino hacia una vida cada vez más sana. La operación bikini puede servir perfectamente para motivar el inicio, pero cualquier momento es bueno.

Vous décidez

Salut, mes amies de la France et la Belgique!! :)

Si te enfadas, ya tienes dos problemas



Cuando una situación nos parece problemática y nos enfadamos, nos preocupamos o nos sentimos mal de alguna forma, estamos gastando la energía que necesitamos precisamente para resolver esa situación problemática.

Un problema no es algo malo, es una oportunidad de aprender, de mejorar algo que a su vez provocará mejoras en su propio contexto. Además, nos da la oportunidad de poner a prueba nuestra capacidad de resolución, es decir, todos los conocimientos y habilidades que hemos adquirido a lo largo de nuestra vida. Un problema debería causar alegría, como si nos eligieran para participar en un concurso importantísimo.

En cambio, si dejamos que la contrariedad que nos produce el problema se apodere de nuestras sensaciones, pensamientos y capacidades, tendremos que resolver eso a la vez que tratamos de resolver el problema, lo que añade muchísima dificultad a la tarea. Es como escayolarse voluntariamente una pierna para escalar el Everest.

A veces no somos capaces de superar la contrariedad que nos producen los problemas. En esos casos, conviene primero diferenciar bien cuál es el problema y cuáles son nuestros sentimientos de contrariedad. Después, averiguar qué solución requiere cada cosa y tratarlas por separado en vez de como si fuese todo lo mismo.


Preocúpate camino del hospital



A veces vemos madres que se preocupan porque su hij@ se quiere subir a un árbol como si ya se hubiese caído y le hubiera pasado algo horrible.

Querer subirse a un árbol no es malo. Cabe la posibilidad de que se caiga si se sube, pero también es posible que no se caiga. Subirse a un árbol no es malo. Caerse, en sí, tampoco es malo. Si se cae, puede que se haga daño o que no se lo haga. Si se hace daño, puede que sea algo grave o que no lo sea. Hacerse un poco de daño tampoco es malo. En cambio, si es grave, corre al hospital, es decir, preocúpate, ponte las pilas y corre. Y si quieres, incluso laméntate. Pero nunca antes de que haya pasado algo grave. Te ahorrarás un montón de estrés y se lo ahorrarás a tu criatura. Y el hecho de ahorrarle estrés a tu criatura te ahorra más estrés, creando una espiral anti-estrés sin fin.

Un ejemplo de menos riesgo físico lo encontramos al ver a quienes llevan a l@s niñ@s al cole y van metiéndoles prisa por el camino. Con un reloj, se puede hacer la prueba de ver cuánto se tarda metiéndoles prisa un día, y cuánto se tarda otro día si vamos silbando. Hacedla y sacad vuestras propias conclusiones. Si es tan importante no llegar tarde, hay que salir antes de casa. Es una cuestión que depende de l@s peques y de quien l@s prepara para salir. Pero la responsabilidad última es de quien l@s prepara. Pero, ¿qué pasaría en el caso de que llegaseis tarde? Normalmente hay que ir a la secretaría del cole a por una nota. Acumular demasiadas notas trae problemas en el cole. Llegar un día tarde, o dos, le puede pasar a cualquiera. Si nos ocurre a menudo, insistimos, la responsabilidad última no es de l@s peques, y somos nosotras las que debemos poner una solución (ecológica, factible y coherente). Pero si no es que siempre lleguemos tarde sino que siempre vamos con prisas, conviene tener presente que más vale ir silbando aunque nos hagan una nota que gritando aunque al final llegamos a tiempo. Según lo de preocuparse de camino al hospital, preocupémonos con la segunda nota. Y, mientras, disfrutemos junt@s de camino al cole.